BUSCANDO EL RUMBO

Es la 1 de la mañana y yo estoy aquí, sin sueño, y con muchas cosas rondándome por la cabeza, aunque la cosa se puede resumir en la siguiente frase: “Malos momentos”.

Está claro que el mundo cambia constantemente, y las cosas nunca van a seguir igual que como las conocí hace días, semanas, o incluso años. Todo cambia. El mundo está en constante cambio. El problema es que hay cambios a los que es duro acostumbrarse, y ese es mi problema: no soy capaz de acostumbrarme a este cambio que poco a poco, va empujando a la “normalidad” que se había acomodado tranquilamente en el sofá de casa.

Mi cabeza no para de repetir escenas, palabras, pensamientos… y todo me hace volver al principio, donde las cosas estaban bien, pero sólo aparentemente.

Sólo espero que que esto pase lo más rápido posible y sin más daños, que ya hay demasiado dolor en el ambiente como para sumar más…

Anuncios

ADOLESCENCIA

A medida que vamos creciendo, vamos cambiando, tanto físicamente como psicológicamente.

Quizás una de las etapas más “difíciles” es la Adolescencia, no solo para los adolescentes, también para los padres. Generalmente se la considera entre las edades de 13 a 19 años, pero depende de diversos factores.

 Para los adolescentes, es un momento de cambio importante, de maduración, de “búsqueda de sí mismo”, de querer comerse el mundo en un instante, de llorar, de reir, de conocer gente, de problemas, de situaciones difíciles. El mundo se presenta como un juguete para un niño pequeño, tienen que explorarlo todo, descubrir el mundo, sentir que pueden controlar su vida, que son capaces de conseguir lo que se proponen.

Es una época de salir con los amigos por la noche, y esto con lleva los consabidos problemas con los padres: la hora de llegada. Ellos quieren disfrutar cuanto más mejor, y los padres, quieren y están preocupados porque sus hijos lleguen de una sola pieza, y sin ninguna sustancia ajena a su metabolismo. Es en estas edades (14/15/16) cuando empieza el coqueteo con las drogas, el tabaco y el alcohol.

Está claro que hay que salir a divertirse, siempre y cuando, se tenga bien claro lo que se hace (uno puede beber, pero con moderación, y con esto me refiero a que, si una persona dice: “yo estoy bien” y lleva como 5 litros de alcohol en sangre, por muy bien que diga que se siente, está claro que no se encuentra en condiciones de decir cómo está).Si un adolescentes se junta con personas mayores que él, se dejará influenciar por los actos de ellos; hay que tener en cuenta las personas que se seleccionan en un grupo de amigos, sus formas de ser, sus gustos, y claro está, los posibles problemas (drogas, alcohol,etc…) que acarrea dicha amistad.

 Para los padres, esta edad es un “sin vivir”: problemas por las horas de salida, preocupaciones por lo que estarán haciendo sus hijos, las compañías que tienen, y mil cosas más que pasan por sus cabezas. Saben que ellos también fueron jóvenes y se divirtieron, pero está claro, que el salir por la noche, no es lo mismo que hace 20 años, el mundo cambia, y la forma de vivir de las personas, también.

Por lo tanto, hay que ser comprensivos en las salidas de los hijos (hasta cierto punto, cada edad tiene sus límites) y dejarles ver que confiamos con ellos si ellos se muestran responsables de sus actos y no actúan de manera irresponsable.

LA VIDA DE UNA ESTUDIANTE EN EL C.M NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE

historia8.jpg

Hasta ahora, sólo había hecho referencia de mi vida personal, y ahora, haré un comentario sobre la vida en el Colegio Mayor Nuestra Señora de Guadalupe, lugar donde resido como estudiante universitaria.

En aspectos generales, la residencia (lo diré así para abreviar y no poner todo el nombre en adelante) es un lugar muy grande, y donde se puede residir “agusto” salvo por personas que perturban la paz entre estas paredes. Está claro que con 104 personas, tiene que haber gente de mi agrado y gente que no sea de mi agrado, pero lamentablemente, el tanto por ciento que me es desagradable, es mucho mayor que el tanto por ciento agradable, eso sí, las personas de mi agrado, son de las mejores.

Como iba explicando, la convivencia no es fácil entre tantas personas. Se crean lazos de unión con un número reducido de personas, y el resto, suele quedar anulado a excepción de un “hola” cuando te cruzas con alguien por los pasillos (eso si existe educación, sino, ni eso). El trato con las personas dentro de un lugar de residencia tan grande, es fundamental: forma parte de la vida universitaria. En una residencia se conoce mucha gente, y se pueden hacer grandes amistades pero también te puedes llevar grandes desilusiones de las personas, y tampoco olvidar, gente indeseable (está claro que tiene que haber de todo…)

En esta residencia, existe un grave problema: la falta de madurez de muchas de las personas que residen aquí. Cuando los observas durante un tiempo (en este caso, casi 5 meses) te das cuenta de que siguen siendo unos niños, que no demuestran su educación, que faltan al respeto a cualquiera, y que, para colmo, no respetan las normas que debes cumplir desde el momento que entras el primer día por la puerta. Un claro ejemplo de esto: los botellones en la habitación, música que molesta a los demás a horas indebidas, aglomeraciones de gente en una misma habitación cuando no está permitido… y podría seguir toda la noche enumerando las cosas que están fuera de las normas y que, sin embargo, se encuentran todos los días dentro del recinto.

A pesar de todo esto, estas personas siguen dentro del mismo recinto del que yo vivo, y eso me hace enfurecer a veces, sabiendo que no respetan ninguna de las normas, y siguen aquí. Hay gente que debería de haber sido expulsada por cosas que hicieron el año pasado, o por cosas hechas este mismo curso, pero… aquí siguen.

Como he dicho antes, no con todo el mundo se puede empatizar, pero si la mayoría de la gente me parece indeseable por como se muestran a los demás, creo que es por algún motivo, que compañeros y compañeras, comparten conmigo…

Hasta aquí, la vida residencial de una estudiante de Psicología de la UPSA, gracias por vuestro tiempo.